De un San Gustavo Leguizamón*
30 diciembre, 2011 at 4:37 pm 3 comentarios
La panadería original todavía tiene la mayólica en blanco y celeste que dice ‘Panadería Riera’. De ahí se van a Independencia. A Independencia llegaban y le decían “Don Juan, hoy va a salir más rico el pan”. Y ese era el punto de partida para que metan en el horno de barro una asadera con carne. Incluso ahí hay varios poemas, hay un poema al pan que le escribe Castilla…
El que habla es el hijo del Cuchi Leguizamón. Luis, el más chico de los cuatro, prepara mate en la casa que fuera de su padre, dispuesto a la charla larga, con la expresión que –sabe- evoca al Cuchi. Su amigo también se acomoda empinado sobre la mesa, atento a las anécdotas que vendrán durante tres, tal vez cuatro pavas. Porque las historias son ricas cuando se trata de vidas llenas de músicas.
Él decía que en el bar de los Tribunales, cuando la máquina de hacer café terminaba, emitía un sonido en La 440, que lo iba a reconocer toda su vida. Pasó un mes y lo llama Castilla. Atiende el teléfono mi mama. ‘Dame con el Cuchi pero no le digas quién es’. Le ordena al tipo: ‘hacé café’. ‘Hola, hola’. Pip. Y le cuelga. Entonces el Cuchi se viste, se va al bar y le dice al Barbudo: ‘Yo a esa la reconozco en cualquier lado del mundo’.
El Cuchi nunca se fue de Salta sino para volver. Estaba allí la familia, su amigo/hermano, las noches de encuentros, el tiempo calmo. “Aquí es lento, se madura en el paisaje. La vida en el mundo entero tiene un secreto provinciano”, dijo en una entrevista de Laura Linares publicada en “A solas con el Cuchi Leguizamón”, de Humberto Echechurre, enorgullecido de una Salta que, por donde se la mire, se enorgullece del músico, del profesor, del político, del hombre.
-Se va a Europa, ya estaba terminando la gira y le dicen ‘el intendente de Ibiza nos pone un avión para volver a tocar allí, Cuchi’. Ya mi viejo evidentemente se quería volver, ya estaba harto de estar en Europa. Va a la valija, la abre y dice ‘-No me alcanza la coca. –Pero… -El pasaje, si lo cambiás, te mato’. Y se ha vuelto. Ya llevaba un mes en Europa. Él hacía sus viajes relámpago a Buenos Aires, tocaba, invitaba a comer a todos los que habían ido al teatro y a los dos días se volvía.
Gustavo Leguizamón no quiso viajar a París a estudiar música como recomendaba su padre, vino a La Plata y volvió a Salta convertido en abogado y fue, entonces, fiscal de Estado, diputado provincial, ministro de Cultura por poco tiempo y docente en el Colegio Nacional. En un momento dijo “voy a dejar de vivir en la discordia humana y voy a hacer música porque este mundo necesita armonía, no abogados”, y escribió la Chacarera del expediente.
El doctor Leguizamón no está escindido del Cuchi. Es el diputado quien da música en general y en particular: dio a todos y a un Juan panadero; a todos y a una Eulogia Tapia, por casos que regalara con Manuel J. Castilla, sin que otras letras ni músicas fueran posibles para esas obras que se complementan. Es el abogado, el Cuchi, el que, honestamente, escribe la del expediente. José Juan Botelli lo describe así, con esa “personalidad en dúplex que se bifurca y está unida en una misma”.
El precipitado de la tercera persona se da licencia para rondar tímidamente a Don Gustavo Leguizamón que se paseaba sazonando en la cabeza los olores del mercado. El Cuchi era, también, un excelente cocinero, destacado por quien lo haya conocido, como debe serlo todo aquel que se dedica -carente de apremios- a elegir los ingredientes y los sabores, a disfrutar de los olores, para regalarlos ¿Será tal vez la cocina y la zamba cosa de tipos pacientes?
-El Cuchi componía en el piano. Maturana, para que te des una idea, la compuso en diez años. Le sacaba, le volvía a poner, cambiaba, iba, venía. Tengo 12 partituras y letras distintas de la Zamba del Mar. Eso no ese hace en un día. El Cuchi tenía una melodía y la desarrollaba al estilo que se desarrolla la música clásica, haciendo todas las variaciones, buscando qué es lo que le gustaba.
-¿Hay alguna que no haya sido editada?
-Sí, hay alguna, siempre pasa. Es duro editar, grabar, reproducir y más cuando no es algo comercial. Por más que se hayan hecho populares, no llega a ser comercial. Que sea comercial y popular es algo totalmente distinto. Hubiese estado genial que el Cuchi lo sea y yo creo que es muy comercial.
“Ese que va silbando tarde adentro en los caminos” decía que el máximo elogio para un artista es que su obra sea considerada anónima. ”Eso es la música popular”, le dijo el Cuchi a Luis en un colectivo, cuando escucharon Balderrama. La señora que la tarareaba sabía que era una zamba que pasaban por la radio. Sin embargo, hay algo que lo evidencia, que firma fuertemente las obras, ¿pero qué es? ¿Cuál es el aporte fundamental del Cuchi a la música popular?
-El Cuchi hace ingresar la baguala a la zamba, la pone generalmente a los estribillos y en algunas estrofas. Por ejemplo, en la Zamba del silbador, la primera y la segunda estrofa tienen baguala. Ese es uno de sus aportes más tangibles. La forma de componer del Cuchi se distingue de todas las formas. Detrás suyo ha venido mucha gente que lo ha hecho también, y ha marcado una forma de hacer música.
Y lo maravilloso que hace es el arreglo de la segunda voz; no sólo en lo coral sino también en lo instrumental, en su disonante, en su contrapunto, contracanto, en su armonía y su mano izquierda en el piano; para que el piano deje de ser sólo un instrumento de melodía y empiece a ser base y graves, una base en la mano izquierda.
Después, entre la poesía de Castilla, de Miguel Ángel Pérez, de Tejada Gómez, de Luis Franco, de Pablo Neruda, se complementa una historia de hacer folklore para esta tierra sobre esta tierra, viendo cosas similares entre los animales de esta tierra y el hombre, como la Chacarera del zorro, como Juan del Monte… Y todo lo que hace es real, toda su composición musical es real, por más que escriba la Zamba para la viuda, que para algunos la historia no es real, pero para él sí lo es. Y el duende del carnavalito para él sí es real y existe, por eso lo compone.
El Cuchi era un innovador (lo es todavía) y un creativo investigador de los sonidos. Cuando las locomotoras a vapor estaban en su apogeo, el tipo encargó la fabricación de una quena a un ingeniero francés para insertarla en la máquina. Finalmente, el concierto de locomotoras no prosperó, pero enseguida se propuso el de campanas, felizmente empecinado en hacer sonar los fierros.
El nuevo plan se inició en Salta y terminó en Tucumán. Allí varios alumnos de una escuela de música seleccionados por el Cuchi se apostaron en los campanarios de las iglesias conectadas por walkie-talkies ¿Quién dijo que la Zamba de Vargas no podía sonar en el éter de toda una ciudad en campanas coordinadas por la genialidad?
Una mujer insistió hace poco: “El Cuchi es todavía un vanguardista”, y recordó la voz de Liliana Herrero sobre una síntesis perfecta de la renovación: “El Cuchi Leguizamón no sólo es vigente, sino que nos está esperando más adelante”.
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1.
norberto | 7 enero, 2012 a las 10:24 pm
No tiene desperdicio, te asombra a cada instante, y cada vez lo amas mas.
2.
Pepa | 21 febrero, 2012 a las 8:48 pm
No nombrar al Dúo Salteño en esta nota, es una omisión imperdonable. El Cuchi y el Dúo son la síntesis perfecta de la renovación
3.
microfolklore | 21 febrero, 2012 a las 9:47 pm
De acuerdo. Aunque el Dúo está implícito cuando Luis habla de los arreglos en la segunda voz, tiene razón. Muchas gracias por escribir.