Atardecer en la casona de Marcelino Ríos

4 marzo, 2013 at 3:42 am 10 comentarios

Un día del 56, los García Pinto, salteños buscadores de oro, invitaron al más poeta que minero Jaime Dávalos a los socavones de Culampajá, en Catamarca, más por los seguros encuentros que por el mineral. Saludablemente para el cancionero, Dávalos viajó con ellos desde Cafayate, pasando por Santa María hasta Hualfín, la primera parada del destino, donde al final del cuento escribió la Zamba de los mineros.

Hualfín fue una gran estancia propiedad de don Asencio de Mercado Reynoso, progenitor de una familia de ascendencia femenina, por lo que el apellido fue mudando hasta llegar a Leguizamón. Jorge Dávalos Leguizamón recibía en su casona rodeada de viñedos a visitantes como el Cuchi, que a pesar de llevar el mismo apellido, sólo es parte inseparable de la zamba y de esta historia que allí se inicia entre guitarras y poemas.

En la finca, los viajeros tomaron los caballos y emprendieron el camino por los cerros a Corral Quemado, pueblo ineludible para llegar a las minas de Culampajá. En la calle principal se emplaza una casona imponente que era, a la vez, el almacén de ramos generales, la posada y el patio musical; era el alma del incipiente pueblo de la zamba. Su dueño, Marcelino Ríos.

“Viejito zorro”, lo llamó Jaime Dávalos ¿Pero quién es? ¿Por qué el poeta lo inmortaliza? Tal vez no haya sido más que un buen comerciante que alojaba a los mineros en su posada. Aunque es en él donde Jaime encuentra al hombre que representa la vida por sobre la opresión del trabajo en la montaña, al hombre que, acaso sin querer, le pone palabras al obrero en el vino.

Marcelino fue minero con molino rústico de maray y todo. Más tarde siguió trabajando con la minería, sí, pero de manera indirecta. Él proveía las mercaderías necesarias para la labor en el Culampajá; también contaba con obreros ocupados en la uva, los duraznos, el pimiento y el comino. Pero el maray dejó de rodar. Marcelino, entonces, comercializó hacienda con Chile y Perú; a Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe enviaba los tejidos de la zona.

Hoy, la casa ubicada en el departamento de Belén, a 2.070 metros sobre el nivel del mar, está intacta, rosada. El doctor del pueblo ahora vive aquí, en una parte de la mansión; el resto, aunque lejos de ser un museo, se mantiene intacto: el almacén y sus inventarios de puño y letra, la habitación de su hija, el aljibe, los cuadros y el perfume de alguna bordalesa morada de uva.

Toda la zona cubierta de viñedos era propiedad de Marcelino. Ya mayor, su esposa Pilar le prohibió consumir el vino, pero él se las ingeniaba para extraerlo del barril con una bombilla que también debía encontrar bajo las ardides de Pilar. Así lo contó Eloísa Suárez, una abuela que de muy joven vino de Culampajá con sus hijos para que estudien en este lugar. Don Marcelino le dio trabajo hasta que se convirtió en su ama de llaves. Así era -dicen todos- sonriente, amigo, solidario.

Eloísa es una de las pocas personas que pueden hablar con exactitud del personaje que miró Dávalos y ahí estaba, en su casa cedida por el mismísimo en el terreno de al lado, con su hija y su nieta amables que prepararon la merienda condimentada con este arcayuyo que ahora humea en el mate.

-¿Y sabe por qué el pueblo se llama Corral Quemado?, quiere contar Eloísa y cuenta. “Esto eran estancias. Cuando han empezado a trabajar encontraron una víbora grande en el corral de las vacas. Dicen, yo no sé. Había un ternero que enflaquecía y no sabían por qué, hasta que han encontrado la víbora mamona que tomaba la leche y le daba su cola al ternerito. Entonces han quemado el corral para matarla”. De la leyenda nace el nombre del pueblo. O al revés.

-Antes de la zamba, Marcelino ya era reconocido aquí por su solidaridad con los peones, trabajaban en el rastrojo. Además ha construido los caminos y ha colaborado con la apertura de la escuela tan cara a todos los habitantes del pueblo. Yo le guardé las llaves hasta que la casa quedó deshabitada, dice Eloísa e invita a rememorar aquellas noches de fiesta en la casona:

Las carcajadas se reconocen fácilmente al ir acercándose por los anacronismos del camino. Daniela, la nieta de Eloísa, tiene la llave y mira cómplice. Sabe de qué se trata, sabe que allí está Jaime y tal vez el Cuchi incitando a Marcelino, sabe que el vino corre y será convidado y que pronto habrá una zamba nueva. Y otra más.

Las cinco hijas (Eulalia, Alciana, Eudosia, Elba y Sevilda), Pilar Aybar de Ríos y el dueño de casa son los anfitriones con guitarra y acordeón de las veladas de este patio interno. El resto de la gente sólo tiene la noche para olvidar los pesares de la mina en el vino que los vivirá de diversión y de amor y de rebelión.

Bailan todos. Qué más si no. Bailan y beben. Aquel es Marcelino, el de la vidalera. A Daniela le contaron que no toca muy bien, pero qué importa. El que está acodado en el jagüel, desarrapado, es Don Jaime, el que pagará la cuenta a pesar de que ya masculla la zamba de Marcelino. Y la que suena tosca es la guitarra que pasarán en ronda con los acordes del Cuchi sobre la letra que resiste este momento en este lugar. En este lugar.

Espiritados con morao de un tiempo detenido en cuartetas, el recuerdo se diluye y la pava chilla. Ya no hay entrevista, lo que sigue es una charla con la familia tan querida por Marcelino: cuánto hubiera escrito Jaime hoy, minero y todo, sobre la querella de los pueblos por el derecho a la Tierra.

Los obreros que son en el vino aún siguen en la reunión y mañana volverán a la noche del socavón y de la vida. Dávalos se quedará en la casona donde comenzará a darle voz al minero cantor que trae el corazón del cerro para el patrón. Aquí nace la zamba que perdura en retrato de un pasado y un presente. No hay más vueltas, son sólo dos caminos. “Morir el sueño del oro, vivir el sueño del vino”, de una vez y para siempre.

2012. Corral Quemado, Catamarca.

Mariano Martinelli

Continúa…

Serie de charlas:

Temor del sábado

La mujer de Corral Quemado

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La mazamorra bien pisada Temor del sábado*

10 comentarios Add your own

  • 1. 11308398  |  28 marzo, 2013 en 6:52 pm

    excelente relato, queria interiorizarme de los motivos que le inspiró a esta bella zamba…un gran abrazo….

    Responder
  • 2. microfolklore  |  28 marzo, 2013 en 9:09 pm

    Gracias, Almilcar. Otro abrazo.

    Responder
  • 3. Claudio nieva  |  11 abril, 2013 en 9:15 pm

    Jaime davalos fue un poeta brillante, q supo inspirarse en los paisajes y la mineria, q ofrece ese bello lugar de la puna catamarqueña, es muy atrapante!! y dejo en su zamba las vivencias junto a marcelino rios y los mineros dl culampaja!!

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  • 4. Danisan  |  24 junio, 2014 en 7:02 am

    Gracias maestro., esto es invalorable

    Responder
  • 5. microfolklore  |  25 junio, 2014 en 12:57 am

    ¡Muchas gracias! A Ustedes por leer. Saludos.

    Responder
  • 6. Vequi  |  15 septiembre, 2014 en 5:59 pm

    Pasé dos veces por Hualfìn y volveré seguro algún día, solo para reencontrarme con esos “duendes”.

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  • 7. ivan  |  1 enero, 2015 en 5:26 pm

    Felicitaciones!!Usted nos ha llevado al encuentro del paisaje y su gente,la historia y su camino,nos ha comunicado.Muchas gracias.

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  • 8. WUALTER VELEIZAN  |  13 junio, 2015 en 4:21 pm

    Excelente el informe sobre la zamba del minero,soy un salteño que vive en catamarca y un dia,fui exclusivamente a corral quemao a conocer la casa de Marcelino Rios, en enero,hacia mucho frio,y me quede un buen rato observando e imaginando, lo que a Jaime y al Cuchi lo llevo hacer esta zamba…Para aportar algo mas,una vez atendí a una nieta de Marcelino,me comentó que su abuelo era mas bien flaco,alto.de tes blanca,pelado y cuando tomaba vino era muy generoso,regalaba sus productos del almacen,falleció en el año 1959.Actualmente vive una de sus hijas, con un complicado estado de salud.gracias W.A.V.

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  • 9. microfolklore  |  14 junio, 2015 en 7:00 pm

    Muchas gracias a Ustedes por leer y comentar. Abrazos desde La Plata.

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  • 10. Gabriel Cotognini  |  16 octubre, 2016 en 4:23 pm

    gracias, mil gracias por permitirme transportar con su relato a la historia de ese fragmento tan querido de nuestra poesía. cuando la evocación se vuelve arte y emoción. gracias de nuevo

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