La mujer de Corral Quemado*

21 julio, 2013 at 11:35 pm Deja un comentario

Quedaban pocas personas que pudieran hablar del viejo Marcelino Ríos, minero y comerciante de ese pueblo catamarqueño, personaje de la zamba de Jaime Dávalos y del Cuchi Leguizamón. Y los que estaban apenas tenían una imagen vaga, más cercana al recuerdo del relato que a la realidad. Ahora bien, todos en la región conocieron a una de sus hijas y la nombraban con gran respeto.

Era la maestra de Corral Quemado, la niña de Marcelino. La Zamba de los mineros resultó, también, una puerta hacia otra historia que más tarde contará Sevilda Ríos de Soria, la más chica y única con vida de las cinco. Tal vez Marcelino no fue un prócer, sino un amigo protagonista de Jaime; Eulalia sí.

Dicen que le dedicaron una canción a “la señorita”. Así recuerdan con cariño los vecinos a Lucrecia Eulalia Ríos. Y la única posibilidad de acceder a esa música, cuyo autor podría ser un tal Gerván, se hallaba en la radio del pueblo que en la oportunidad no estaba funcionando y su dueño hacía días no la frecuentaba. Nadie tenía ningún dato y las posibilidades de hallarla disminuían.

Sin temor a exagerar es posible decir que Eulalia creó Corral Quemado. La nueva escuela 147 (ahora 347), los caminos que conducen al pueblo, la red de agua y eléctrica, la salita sanitaria, la estafeta postal, fueron obras de la hija de Marcelino para un poblado que estaba, hasta entonces, desconectado de Belén.

Por fin la casa de Sevilda se materializó entre todos los Soria de la guía telefónica. Mate y masitas de por medio, Sevilda contó que su hermana gestionó por vocación los servicios del pueblo y que luego fue intendenta y respetada por todos en Catamarca gracias a su inmensidad.

“Tenía una camioneta que le habían dado del Municipio de Belén para ella –sigue Sevilda y refuerza su hija Nancy- pero era tan honesta que sólo la usaba para ir a Belén para hacer los trámites y enseguida la guardaba. Todo era para el Municipio y eso lo ha heredado de papá”.

Primero fue maestra y luego directora de ese establecimiento que en 1970 necesitaba un nuevo edificio. “Llevábamos las mejores piedras del río para construir la escuela”, recordó Sevilda. Junto a otros docentes, Eulalia consiguió el dinero para los materiales y lo aumentaron con actividades benéficas, muchas de ellas fueron encuentros en su propia casa, la casona de don Marcelino.

Antes de alcanzar el cargo al que se resistía, en 1951 se inicia la construcción de los caminos, del cementerio, la iglesia, y gestiona la instalación del registro civil. Las escuelas del paraje Campo de las Calivas y del Culampajá también son obras de Eulalia. Todo ello le valió el reconocimiento de “Personaje del año” por el Congreso de la Nación en 1995.

“Y dio la casualidad que un año antes de que le den la distinción escribo esa canción para ella”, dijo Julio Gerván, por fin, un buen día en un café de Buenos Aires. “Y la hice en forma de canción y galopa. Está grabada con Miguel Ángel Reyes de Los Nocheros de Anta”, remarca orgulloso y continúa:

“Él (Marcelino) llegó hasta donde llegó y dejó el camino abierto con esta maravillosa mujer que completó una historia muy linda del Norte. Ella hizo todo lo que él pensaba. Ella sí tuvo acceso a la educación y lo completó; prácticamente logró los sueños de su padre”, reflexiona.

“¿Las fiestas en lo de Marcelino?, sí, yo era muy chico, tendría 11 años. Las veladas en lo de Eulalia terminaban en guitarreada, siempre. Era un clásico. Como los Ábalos en Santiago, como el Cuchi Leguizamón y Castilla en Salta. Después de la fiesta iban a la casa y ahí la seguían. Esa era la fiesta más linda. Ahí íbamos todos a cantar de otra manera”, recuerda Gerván e insiste:

Los de Belén, grupo del Changui Fernández; Los Pastorcitos, y nosotros bajo el nombre de Las Voces del Chango Real. Eran tres grupos donde se asentaba el folklore de Belén en esa década. Cantábamos durante la fiesta, cerraban la escuela y nos íbamos todos a la casa de Eulalia.

Allí en esa casona se inicia gran parte de la historia de un Corral Quemado consolidado como pueblo. Y se inicia en medio de la alegría del vino y de la música, en un ambiente de limpieza de espíritus, como el de Eulalia, que en la Región trascendió la fuerza de la historia, incluso al impulso que Dávalos le dio al recuerdo de Marcelino, “el papá de la señorita Eulalia”.

*Serie de charlas:

Atardecer en la casona de Marcelino Ríos

Temor del sábado

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Temor del sábado* Después de Usted*

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